16 febrero 2009

La escopeta nacional bis


Como si el guión de la película de García Berlanga hubiese sido premonitorio, y como más de una vez he aventurado en estas humildes letras, la realidad supera a la ficción.

Asombrado y embelesado, con sabor de morbosa complacencia, me he deleitado con esa unión del ejecutivo y el judicial, con un par. Como en los mejores años de El Pardo, los negocietes y los negociantes arreglaban sus asuntillos con el sabor de la pólvora y cerraban sus acuerdos entre los cuernos, ajenos se entienden, de las piezas oportunamente colocadas para inmortalizar el ego onanístico del poderoso.

Garzón y Bermejo, tanto monta o monta tanto, entre monteria y monteria, ambos montaraces y secuaces, han aprovechado el asueto con el pobre ciervo para descubrir que la caza de la presa con dos piernas es mucho más divertida y edificante que la de cuatro.

En la Antigüedad, así con mayúsculas, se acuñó aquello de que la mujer del César además de ser honrada había de parecerlo. A riesgo de parecer malpensante me preguntaré cómo se debe de encajar que el ministro de Gracia y Justicia, en plena y primera huelga de la judicatura por cierto, se dedique a irse a pegar unos tiritos al campo (de casta le viene al galgo) con el juez que, oh casualidad, figuró en las listas del partido gobernante y del que fue Delegado Nacional del Plan Contra las Drogas, curiosa la coincidencia terminológica con aquellos delegados también, pero provinciales de la Falange.

Unos dicen que los de Rajoy han sacado el asunto de los tiros de quicio para esconder su propia cochambre y otros que las aficiones cinegéticas del magistrado y el ministro son tan saludables y provechosas para ellos como serían las del Caudillo; a mi me parece que la desfachatez del encuentro desacredita a uno para impartir y al otro para disponer, claro está que una afición tan franquista no debería de pasar desapercibida para Bermejo, cuyos ancestros tanto deben a Su Excelencia, aunque esa es otra historia.